Así empieza la primera historia.
La luz en la colina lejana
Hay una hora, ya muy entrada la noche, en la que el mundo entero parece dormir. Las casas están oscuras, las calles en silencio, y solo aquí y allá sigue despierto un niño. En esa hora, y solo en esa, puede ocurrir que alguien toque en la ventana. Alguien que trae un milagro, solo para ese niño.
A Nora le llegó esa noche.
Estaba bajo su manta y no tenía nada de sueño. Bruno dormía hecho un ovillo a sus pies. Nora pensaba en el día, y había algo que no le había contado a nadie, porque le parecía demasiado pequeño para contarlo: esa tarde había jugado fuera durante horas. Y cuando volvió a entrar, nadie se había dado cuenta de que se había ido.
No había pasado nada malo. Era solo un sentimiento callado, muy al fondo de la barriga. Algo así: ¿me habrá echado hoy alguien de menos?
Bruno levantó la cabeza.
Miró hacia la ventana, completamente quieto, como miran los animales cuando oyen algo que todavía no está. Nora se incorporó.
Y entonces lo oyó ella también. Muy bajito, en el cristal de la ventana. Toc. Toc. Toc. Tan suave como pequeñas pompas de jabón que rozan el vidrio.
En la ventana había un resplandor. Al principio Nora pensó que era la farola. Pero esta luz era distinta. Era cálida y dorada, y se movía apenas, como si respirara.
—¿Hay alguien ahí? —susurró Nora.
La luz se hizo más clara. Y entonces, muy despacio, tomó forma. Primero dos ojos suaves. Y después, de golpe, allí estaba, sentado en el alféizar, un corderito pequeño, con una lana que brillaba como una vela por dentro.
—No tengas miedo —dijo el corderito. Su voz era tan suave y tan cálida que Nora se sintió enseguida un poco más valiente—. Soy Lumi. —Y entonces su lana brilló un poquito más, ella sola, como brilla cuando alguien se alegra y no lo puede disimular—. Vengo en esta única hora, a veces, a los niños que todavía están despiertos.
Nora se subió un poco la manta.
—¿Y por qué a mí?
Lumi no contestó enseguida. Miró a Nora, y en su mirada había algo que Nora no supo colocar, como si alguien estuviera mirando una foto muy antigua.
—Porque estabas despierta —dijo Lumi al final—. Y porque en una noche como la tuya no se debería estar sola. —Y añadió, más deprisa—: ¿Quieres ver algo que casi nadie ha visto nunca?
Nora se lo pensó un momento. Después asintió.
Entonces Lumi se giró hacia el cristal y apoyó con mucho cuidado su frente pequeña y brillante contra él, muy despacio, como se hace algo que una vez alguien hizo por ti. Y donde tocó el vidrio, ocurrió algo. La ventana fría y oscura empezó a brillar. Un resplandor cálido y dorado se fue extendiendo, despacito, como sale el sol por la mañana. Recorrió todo el cristal hasta que ya no quedaba cristal. Donde antes había una ventana, ahora había una puerta de luz suave y dorada.
Cómo sigue, hasta el final
Y detrás de la puerta no estaba la calle. Detrás de la puerta se abría una tierra inmensa.
—¿Cómo lo has hecho? —susurró Nora.
—Es lo único que sé hacer de verdad bien —dijo Lumi—. Nadie más puede. Ni uno solo en todo Elim. —Lo dijo sin orgullo, como se dice de qué color es uno.
—Ven —dijo Lumi—. Súbete al alféizar y pasa.
Nora salió de la cama. Bruno estuvo a su lado de un salto, antes incluso de que ella pusiera un pie en la alfombra. Se subió al alféizar, respiró hondo una vez y atravesó la luz cálida. Se sentía como el sol en un día de verano.
Y entonces estaba de pie sobre la hierba.
Era de noche, pero no una noche oscura. Sobre ella había un cielo del color de la miel, y hasta donde alcanzaba la vista brillaban lucecitas por todas partes. En la hierba, en las colinas, a la orilla de un río tranquilo. Bruno se adentró un trecho, se paró, miró alrededor y volvió, y se quedó de pie junto a Nora, muy cerca, como si dijera: yo también estoy.
—¿Dónde estamos? —susurró.
—Esto es Elim —dijo Lumi—. La tierra donde nada bueno se pierde.
Mientras lo decía, su mirada recorría el prado, de un lado a otro, de un lado a otro, y sus labios se movían apenas. Nora se dio cuenta y no supo qué era. Lumi estaba contando. Contaba las lucecitas, como hacía todas las noches desde hacía muchísimo tiempo, y no habría sabido explicarle a nadie por qué.
Después perdió la cuenta, suspiró bajito y volvió a empezar desde el principio.
Nora se agachó hacia una de las luces de la hierba. Era cálida y lisa como una piedrecita.
—Cada luz de aquí fue una vez algo bueno —dijo Lumi—. Una palabra amable. Un poco de valor, cuando alguien tenía miedo. Eso no se pierde nunca. Viene a Elim y espera aquí hasta que vuelva a hacer falta.
—¿Aunque no lo haya visto nadie? —preguntó Nora.
Lumi la miró.
—Sobre todo entonces.
Muy lejos, en la colina más alta, ardía una luz mucho más grande y más cálida que todas las demás. No temblaba con el viento. Nora supo enseguida que esa luz no se apagaría jamás.
—¿Y aquella? —preguntó en voz baja.
—Esa es la Primera Luz —dijo Lumi—. De allí viene todo lo cálido de aquí. Yo también vengo de allí. —Hizo una pequeña pausa—. Conoce cada luz de este prado. Y de cada una sabe dónde está. También de la que ahora mismo no está.
Nora miró hacia la luz lejana y serena. Y de repente volvió el sentimiento de aquella tarde, el de haber estado callada, pero ahora se sentía distinto. Era como si alguien la estuviera mirando, alguien que no la había perdido de vista ni una sola vez. Ni esa tarde ni ninguna otra.
Lumi bajó la mirada hacia los pies de Nora.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —dijo—. ¿Para qué tenéis zapatillas de casa? Si ya hay suelo.
Nora se echó a reír.
—Para que los pies estén calentitos.
—Ajá —dijo Lumi, y asintió muy seria, como se asiente cuando no se ha entendido nada.
Después levantó una lucecita de la hierba y la puso con cuidado en la mano de Nora.
—Ahora es tuya. Guárdala bien. Mañana te enseñaré cómo podemos ayudar con ella a un amiguito que hoy se siente un poco solo.
Y entonces todo se volvió cálido y dorado. Nora se durmió, Bruno hecho un ovillo a sus pies, y la lucecita brillaba con suavidad en su mano, toda la noche entera.
Para dormirseHoy te han visto, Nora. Todo el día, también cuando tú creías que nadie se daba cuenta. Quédate un momento más quietecita y siente qué calentito es eso.
En la Biblia: «Ni uno de ellos está olvidado delante de Dios ... más valéis vosotros que muchos pajarillos.» (Lucas 12:6-7)
Antes de dormirte: ¿quieres decirle tú también algo a Jesús? Él te escucha.
Eso fue una noche entera, tal como la recibes. Mañana por la mañana llega la siguiente a tu correo.
Aquí el perro se llama Bruno. En tu versión estará la mascota o el peluche de tu hijo.
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